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TEMA 3. EL RELATO

Homero

Homero, de Auguste Leloir, 1841.

3.1 Sobre el relato

Luz Aurora Pimentel


Las siguientes consideraciones tienen por objeto sugerir algunas estrategias para la lectura de textos narrativos, a partir de la reflexión y del análisis de sus estructuras y de su organización. Para empezar, habría que insistir en que narrar no es un acto meramente ocioso, un simple pasatiempo; es, en cambio y como diría Paul Ricoeur, la única forma de organizar y conferirle sentido a nuestra experiencia temporal. Nada más. Pero nada menos. De los relatos que nos hacemos sobre el mundo surge una forma de significación que sólo es posible por medios narrativos; una significación plenamente temporal, porque sólo se construye en la experiencia gradual de la lectura. Esto es lo que se conoce como significación narrativa, una forma de significación que no es únicamente intelectual (aunque también lo es; se trata de una especie de "silogismo temporal", como diría Peter Brooks). En la producción de la significación narrativa concurre, además, una inteligencia emocional que abre la significación a lo emotivo y plenamente vivencial que sólo puede darse en la experiencia, eminentemente temporal y hermenéutica, de la lectura. Porque la literatura, y sobre todo la narrativa, es una forma especial de comprensión y de explicación del mundo —una actividad, por ende, plenamente hermenéutica que permite interpretar la significación narrativa no sólo en términos intelectuales sino como experiencia significante, como una manera de comprenderse al comprender el mundo del otro (Gadamer)—.1 Es, por ejemplo y entre otras cosas, esa sensación que tenemos, al final de la lectura, de abandonar un mundo al que creíamos pertenecer, un mundo con sentido (en más de un sentido) que renueva el del nuestro. Por otra parte, habría que pensar que la identidad misma no es sólo un retrato sino un relato; que sólo puede darse en y por el tiempo; que, por lo tanto, no hay identidad sino narrada, pues, como diría Proust, "uno no se realiza más que de manera sucesiva". He ahí otra de las formas fundamentales de la significación narrativa: la identidad narrada.

Ahora bien, un relato verbal, en tanto que (re)organización y (re)significación de la experiencia, está doblemente mediado. La primera estructura de mediación es el propio lenguaje, capaz de atribuir significados y de construir universos de discurso autorreferenciales (Todorov). Por ello, si bien un relato establece un contrato de inteligibilidad (Culler) con el mundo del extratexto —aun el más fantástico o maravilloso de los relatos es, paradójicamente, inteligible, un mundo habitable—, simultáneamente, la lengua permite la autorreferencia, gracias a ciertos elementos propios del sistema, como la anáfora o las descripciones definidas, entre otros. De tal suerte que al describir un perro —digamos— el solo nombre común remite, en un primer momento, a los perros del mundo, a una clase; las siguientes menciones o descripciones, sin embargo, remitirán a lo ya dicho; no a un perro cualquiera, no al significado general de perro, sino al del texto, al creado por el discurso. De ahí que importe sobremanera estudiar las formas tanto discursivas como narrativas por medio de las cuales se va creando un mundo posible (Doležel). Sin perder conexiones de inteligibilidad con el de la acción humana, todo mundo posible opera bajo su propia lógica, un mundo que establece sus propias coordenadas espacio-temporales, sus propios planos de realidad, independientemente de que éstos coincidan o no con los del mundo del extratexto.

La segunda forma de mediación (Stanzel), absolutamente constitutiva en el caso de un relato verbal, es el narrador. A diferencia de otras formas de representación de acción humana, en un relato verbal esa acción nos llega mediada por un narrador. En el drama, por ejemplo, la acción humana se representa en la inmediatez del proceso; es el diálogo de los personajes, sus actos, sus gestos los que van configurando esa acción en proceso. En un relato verbal, en cambio, alguien nos da cuenta de esa acción devenida historia. Para otras formas de representación de acción humana, el narrador es una figura optativa; para el relato verbal es absolutamente constitutiva —si bien no exclusiva, como se verá al abordar los distintos tipos de discurso que configuran un relato—. Así pues, el relato da acceso a un mundo posible por intermediación del discurso de un narrador. Se revisará primeramente esa voz narrativa y los diversos tipos de discurso que configuran un relato.


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